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Todo ha sido un sueño

Nuevos Vecinos, Madrid, España

Se pone en evidencia, por tanto, que el método científico es manipulable, como lo es la cosmovisión de la realidad, y evoluciona siguiendo una narrativa consensuada. En esta línea, Jürgen Habermas, en su libro Teoría de la Acción Comunicativa , de 1981, avanza en este planteamiento reflejando la capacidad del ser humano de instrumentalizar la razón y el lenguaje comunicativo para crear la pretensión de una “validez”, asociada al poder que genera. Habermas ha desarrollado la lógica de la lucha de la emancipación social que se atribuye a Karl Marx y la ha trasladado al ámbito simbólico. Pone en crisis, de forma concluyente, la capacidad de crear fantasías y pseudo-realidades en nombre del discurso, la narrativa del lenguaje y otros instrumentos creados con el raciocinio al servicio del poder y para el control social. De esto trata el nuevo paradigma cronológico. Trata de romper la lógica del poder simbólico creada a través de una historia y un mapa cronológico altamente manipulados por quien ostenta el poder y el control social

Los imaginarios del origen de la vida, de la magnitud del espacio cósmico, desde el Universo al átomo, así como de los límites de la mente humana, han evolucionado a lo largo de la historia. Haciéndolo, se ha transformado el relato sagrado original de la Creación y se ha dejado espacio para la investigación científica. Pero este proceso no se ha completado, está pendiente el descifrar la verdadera historia de las religiones y el constructo histórico que se ha falseado a su alrededor. Vivimos en un paradigma cronológico erróneo, asociado a la negación que representa no estar dispuestos a renunciar a la fantasiosa narrativa épica que se ha consensuado, incluyendo la de los textos bíblicos.

Resultado de la autoridad del consenso oficial, nos encontramos muy limitados en cuanto a la capacidad de abrir la crítica hacia el constructo histórico, y más aún cuando ésta afecta a los textos sagrados. La opción de transformar la historia no se contempla, y todavía menos de transformar el mapa cronológico. Y en esta limitación estructural participa el cuerpo científico que, mediante métodos de datación como el del Carbono-14, tiende a negar que todos los medios que utiliza se refuerzan con el mapa cronológico oficial. Todos lo hacen, incluyendo el del Carbono-14 , que se enmarca en un espacio científico que se considera sólido, pero no lo es. Todos los métodos se aferran al encaje histórico consensuado, con el agravante de que éste se ha establecido antes del nacimiento del campo científico liberado del brazo censor.

Sin darnos cuenta, al referirnos a la historia estamos acostumbrados a buscar las piezas de un puzle, pero nunca cuestionamos el puzle, que se ha erigido como un constructo sagrado, y eso no nos permite avanzar en el conocimiento de la historia real ni hacer un estudio riguroso sobre la autenticidad de sus fundamentos documentales. No somos capaces de constatar que las piezas fundamentales de este puzle son un encaje cronológico dudoso, ni de abrir el campo de investigación que esta evidencia plantea. Únicamente se ha tolerado una investigación alrededor de la falsificación documental, eminentemente minoritaria (porque es delicada y siempre controvertida), que siempre sigue el patrón de evitar relacionarse con la responsabilidad de las autoridades establecidas. Se abren tímidas puertas que apuntan a la práctica de una deliberada manipulación, pero son insuficientes.

Existe una resistencia científica que pone en evidencia que, tal y como demuestran múltiples pruebas (no reconocidas por los estamentos oficiales que gobiernan el mundo y tutelan las academias de historia), vivimos en un imaginario histórico erróneo, en el cual se ha creado una ingente falsificación arqueológica y documental. Se trata de un camino trazado en los últimos siglos por diferentes autores, como Isaac Newton o Nicolay Alexándrovich Morozov, que en el siglo veintiuno está liderado por dos matemáticos rusos, Anatoly Timofeevich Fomenko y Gleb Vladimirovich Nosovskiy. Pero esta línea de investigación ha sido sujeta a una poderosa desautorización. ¿Por qué? Por todo lo que representa. Representa el último gran desafío paradigmático de la humanidad. Por esta razón, para abrirle paso es necesario, antes, comprender cómo se comporta el conocimiento y la ciencia humanas.

La ciencia evoluciona y con ella el espacio paradigmático de la razón humana. Haciéndolo, se amplía y se transforma el alcance del conocimiento y se le da continuidad, pero sólo en determinados casos la ciencia es capaz de cuestionarse a sí misma. El filósofo de la ciencia e historiador estadounidense Thomas Samuel Kuhn (1922-1996), en su libro La estructura de las revoluciones científicas (de 1962) desarrolló esta idea popularizando el concepto de “paradigma científico”. Kuhn descifró que el conocimiento científico responde a cosmovisiones paradigmáticas que evolucionan siguiendo un determinado patrón. Según indica, el conocimiento evoluciona junto con los paradigmas que crean las diferentes cosmovisiones a lo largo de la historia. El inicio del proceso parte de una etapa «precientífica», que crea las bases de un paradigma sobre el que se construye lo que él llama una «ciencia normal», hasta que entra en crisis a través de las anomalías o contradicciones que no puede o no sabe reconocer, y es capaz de crear un nuevo paradigma que conduce a una «ciencia revolucionaria». Cuando esto sucede, se crea un pulso entre los defensores y los detractores del nuevo escenario, hasta que se normaliza un nuevo estadio que crea una nueva cosmovisión y una «ciencia normal» renovada. Entonces, el proceso vuelve a empezar y el mundo científico comienza a producir conocimiento en base a estos cambios, renegando de la etapa anterior.

Kuhn desarrolló la crítica al conocimiento científico y amplió la ya desarrollada por Karl Popper en 1934 con la obra La lógica de la investigación científica , en la que se trataba la tendencia a desarrollar conocimiento creando marcos fiables de investigación con el fin de obtener unos resultados deseados. O dicho de otro modo, se denunciaba que los científicos creaban métodos de contrastación que se manipulaban, eligiendo los que les convenían y eliminando aquellos que cuestionaban o ponían en duda lo que se quería demostrar.

Pero este cambio paradigmático estructural no ha sido el único en los últimos siglos. De hecho, se han producido varios, que han obligado a transformar la dimensión del alcance de la razón humana. La historia del conocimiento demuestra que la adaptabilidad del conocimiento a la voluntad humana, al deseo de racionalizar lo imaginado, se cumple, del mismo modo que se cumple el patrón de la negación y de la resistencia al conocimiento cuando nuevos paradigmas desean abrirse paso. Son ejemplos de ello las aportaciones de Nicolás Copérnico (de 1543), Giordano Bruno (de 1582 y ​​1584), Johannes Kepler (de 1609 y 1619), Galileo Galileo (de 1623) e Isaac Newton (de 1687) en cuanto a las leyes del cosmos. Su trabajo fue rechazado y antes de ser aceptado tuvo que luchar contra la cosmovisión cristiana de la época, en que la Tierra era el centro del Universo. Con este giro paradigmático cambiaron muchas cosas, destacando la escala espacial de la realidad imaginada y poniendo en duda la voluntad de Dios, sin llegar a destronar a la autoridad religiosa de referencia. Después del giro cósmico apareció la obra El origen de las especies de Charles Darwin (en 1859), que alteró de raíz el sentido del origen de la vida y de las especies, e hizo repensar la historia humana. ¿Por qué? Desde entonces se empezó a aceptar que su edad tenía millones de años, resultado de una evolución que nos unía a todas las especies como una obra conjunta, en la que el ser humano era un primate, como los monos, dotado de un cerebro más voluminoso. Con esta cosmovisión nacía el imaginario actual de la «pre-historia». Paralelamente, se creó el espacio para la investigación microscópica, llegando al descubrimiento del átomo, creando la Tabla de los elementos químicos que engloban el Universo y naciendo la física cuántica.

Con la aparición de la cosmovisión de la evolución del mono al homo sapiens se ha incorporado la idea de la prehistoria y del inicio de la cultura civilizada, a la que se ha adaptado el mapa cronológico. La historia resultante tiene cientos de miles de años. Pero antes había una historia escrita, sin prehistoria, que empezaba con la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, y comenzaba siete mil años atrás (haciendo coincidir el calendario bíblico con el oficial), que se afirma está documentada siguiendo a un linaje.

De este modo, se constata como en poco más de dos siglos se ha ampliado la cosmovisión del espacio y del tiempo, y el alcance del mundo científico, que se ha separado ostensiblemente de la narrativa de la fe religiosa. Desde entonces se han creado fracturas entre las cosmovisiones simbólicas y las racionales. Pero las leyes del Universo y las de la mente humana siguen siendo objeto de estudio, porque todavía se desconoce su correlación. Y mientras exista esa duda se deja espacio para un imaginario tolerado, que convive con diversas corrientes de pensamiento y múltiples variantes en nombre de fes o místicas que unen la humanidad y los seres vivos a una cierta divinidad o realidad que, aparentemente, nos sobrepasa. Este espacio paradigmático, confuso y estimulante, caracteriza al inicio del siglo veintiuno.

Se pone en evidencia, por tanto, que el método científico es manipulable, como lo es la cosmovisión de la realidad, y evoluciona siguiendo una narrativa consensuada. En esta línea, Jürgen Habermas, en su libro Teoría de la Acción Comunicativa , de 1981, avanza en este planteamiento reflejando la capacidad del ser humano de instrumentalizar la razón y el lenguaje comunicativo para crear la pretensión de una “validez”, asociada al poder que genera. Habermas ha desarrollado la lógica de la lucha de la emancipación social que se atribuye a Karl Marx y la ha trasladado al ámbito simbólico. Pone en crisis, de forma concluyente, la capacidad de crear fantasías y pseudo-realidades en nombre del discurso, la narrativa del lenguaje y otros instrumentos creados con el raciocinio al servicio del poder y para el control social. De esto trata el nuevo paradigma cronológico. Trata de romper la lógica del poder simbólico creada a través de una historia y un mapa cronológico altamente manipulados por quien ostenta el poder y el control social.

En cierto modo, las aportaciones de estos autores representan el estado más avanzado de un debate crítico con las debilidades del raciocinio iniciado con las obras de Immanuel Kant, que en los años 1781, 1788 y 1790 publica Crítica a la razón pura , Crítica a la razón práctica y Crítica del juicio , respectivamente, y se convierte en la principal referencia filosófica de la Era Contemporánea. Antes, se encuentra la aportación del rabino Baruch Spinoza, que en 1677 publica la obra póstuma Ethica ordine geometrico demonstrata , en la que, tal como lo hace Kant, se filosofa a Dios y se llega a definir que la ética viene a ser la lógica de toda esencia que aspira a persistir en su ser. Es decir, explora la lógica de la supervivencia de toda realidad, ya sea real o simbólica. La ética de Spinoza representó la constatación de las equivalencias entre la teología y la política que ya desarrolló años antes, en 1670, el libro Tratado teológico-político , que lo enfrentaron con los estamentos judíos, protestantes y católicos. De hecho, Spinoza fue quien llegó más lejos, más todavía que Popper, Kuhn y Habermas, y desde entonces nadie lo ha igualado, en la medida que apunta a la cuestión del saber fundamental: a la construcción de Dios. Por esta razón, Ethica se publicó tras su muerte, y bajo pseudónimo.

Es decir, el significado de la historia, de los textos sagrados, de la filosofía y de la ciencia se ha transformado ostensiblemente a lo largo de los siglos diecisiete, dieciocho, diecinueve y veinte. Pero también el del mapa cronológico. Y se ha transformado sin descifrar aún cómo y cuándo se creó.

Oficialmente, se dispone de una extensa documentación que nos informa de las equivalencias entre diferentes calendarios creados desde diferentes entornos culturales y religiosos, y este encaje se crea antes de la aceptación del escenario espacio-temporal contemporáneo. Gracias a esta base se ha establecido una lógica de la historia y, con ella, una cosmovisión que nos traslada a un pasado épico y mitológico que, desde hace pocos siglos, convive con el imaginario de la prehistoria. Pero la historia antigua se corresponde con una cosmovisión paradigmática creada en paralelo a la reconstrucción de las grandes civilizaciones clásicas, que se origina con el imaginario de la Era Moderna, antes de incorporar las lógicas del orden del universo, de la escala microscópica y de la evolución de las especies. Asimismo, a pesar de las dudas razonables que esto plantea, la veracidad de la historia se considera contrastada y bien documentada. De alguna manera, la historia ha mutado, pero se ha ido consolidando sin una actitud lo suficientemente crítica, que dude de la veracidad del mapa cronológico y, por tanto, ponga sobre la mesa la posibilidad de que la historia antigua y sus mitos sean una invención, como han demostrado Fomenko y Nosovskiy (2005).

Con un simple vistazo crítica se puede recorrer parte de las evidencias que Fomenko y Nosovskiy han descifrado científicamente mediante métodos de datación astronómicos y estadísticos concluyentes. De hecho, deberían ser suficientes, pero no consiguen encajar a la conciencia científica por la lógica de la debilidad razonada del comportamiento humano. Por ejemplo, existe la evidencia de un hilo lineal entre el arte, la ingeniería, la arquitectura, la ciencia y la filosofía del imaginario grecorromano y el del Renacimiento. Sorprende sobremanera que todo se abandonase y se reconstruyera por si solo después de mil años. Se buscan razones complejas que justifican los mil años que los separa, pero no existe un debate capaz de plantear la evidencia de esta incongruencia, que implica poner sobre la mesa la hipótesis de mil años añadidos. En general, de hecho, se declara como bien documentado todo lo anterior a la Edad Media, cuando es entonces cuando aparece la ingeniería, el arte, la arquitectura, la política parlamentaria, la justicia, la filosofía, la banca, el control documental, el control del tiempo, los contratos y los apellidos, los mapas, las redes de comunicaciones, las universidades y la ciencia. Es decir, aparece la civilización en un determinado momento, iniciando un crecimiento exponencial del progreso y del conocimiento que no tiene marcha atrás.

De este modo, en lo referente a la antigüedad, aparecen varios anacronismos. Como se ha indicado, destaca la duplicidad entre el desarrollo medieval y el equivalente de la era de los grandes clásicos grecorromanos, pero hay otros. Por un lado se encuentra la incongruencia arqueológica que existe entre el alcance de la documentación egipcia y los huecos del resto de civilizaciones contemporáneas. Por otro, destaca la ilógica de la involución tecnológica entre las propias culturas civilizadas.

Respecto al primer caso, resaltar que existe un legado egipcio bien conservado en la forma de grandes templos en buen estado de conservación, sepulcros y papiros egipcios, junto con muebles, pinturas, objetos y otros documentos, que informan de una cultura avanzada, que la historia oficial sitúa miles de años atrás. Pero, en cambio, existe el más absoluto vacío equivalente en relación a hechos contemporáneos como el antiguo Israel o Babilonia, de los cuales no se han conservado documentos, muebles, sepulcros ni grandes templos. Y todo ello forma parte de otro enigma al que se le busca dar explicación. Del mismo modo, la antigua Roma, posterior al Egipto faraónico, tampoco ha conservado los documentos escritos, ni los muebles ni los grandes sepulcros para los emperadores o la alta nobleza que sí ha conservado Egipto. Pero a esta contradicción también se le da una explicación.

Respecto al segundo caso, destaca el desorden de la lógica del avance tecnológico respecto a los productos que son testimonio de ello y al tiempo en que se ubican. Por ejemplo, se ha situado en un tiempo inmemorial a la pirámide más perfecta, la de Keops, haciéndola anterior al resto, que son mucho más rudimentarias. Por otro lado, los arqueólogos no saben cómo justificar esta colosal obra de acuerdo con el desarrollo tecnológico de la época. Limitados por la inercia del consenso académico, se aferran a decir que hace miles de años, sin maquinaria apropiada, se esculpían grandes bloques de piedra que eran cautelosamente colocados con una precisión milimétrica para la ejecución de grandes templos que, por si fuera poco, incorporan leyes matemáticas y un conocimiento excepcional del firmamento. Todo ello se realizaba con la fuerza bruta de los esclavos, quienes utilizaban metales rudimentarios, maderas y cuerdas, y eran capaces de cargar las piezas labradas en barcos (no se sabe cómo) para luego arrastrarlas por la arena, cosa que no es posible. Resulta evidente que todo esto no puede ser contemporáneo a la prehistoria, y que los bloques de piedra son artificiales, hechos in situ, a partir de una técnica que se puede constatar hoy en día, o bien que se han cortado, esculpido y transportado con una maquinaria moderna.

Pero nadie se atreve a contradecir al relato histórico oficial, ni los más temerarios, de acuerdo con el patrón de la prudencia (o comodidad) académica, si bien se ha desarrollado un fenómeno paralelo digno de estudio. Ante la imposibilidad de razonar la incongruencia creada entre el tiempo cronológico y el desarrollo científico, en una era en que la humanidad ha explorado otros planetas y se ha puesto de moda la visualización de objetos voladores inexplicables, se ha ido imponiendo la tesis de que todo tiene un misterioso origen que, tal vez, es alienígena. Junto a una irracionalidad histórica se ha edificado todo un imaginario fantasioso que, por si fuera poco, ha hecho escuela. Un ejemplo de ello es la obra del escritor suizo Erich Anton Paul von Däniken, que en 1968 publica Recuerdos del futuro , en la que llega a la conclusión de que la civilización humana fue instruida por seres de otros planetas, por lo que la enigmática civilización avanzada de la gran antigüedad queda resuelta. La tesis es que «ellos construyeron aquellos templos tan precisos en un tiempo en que la humanidad era primitiva”. Esto es lo que pasa cuando se juega a manipular el tiempo. Este hombre ha vendido más de sesenta millones de ejemplares de sus libros, ha alimentado la ciencia ficción e, incluso, ha estimulado una nueva espiritualidad. Él tuvo una idea, y el culto al sector del entretenimiento, lucrativo y popular, hizo el resto.

Es decir, hay evidencias de múltiples contradicciones históricas y piezas que no encajan en el mapa cronológico, y, resultado de una manipulación monumental, se han creado fantasías monumentales.

Llegado a este punto de la disertación, se entiende mejor porque no se ha desarrollado la crítica al mapa cronológico. La investigación de la duda cronológica hace tiempo que se ha iniciado, pero no cuenta con el apoyo tácito de la fantasía creativa. Todo lo contrario, se topa contra la resistencia del status quo tutelado por los poderes que gobiernan la Academia, y contra el rechazo que representa asimilar que vivimos en un engaño histórico, simbólico y documental, que en cierto modo es vergonzoso. La simple idea de esta trampa es de buen inicio tan lamentable que antes de aceptarla es más sencillo despreciarla. Es un tabú para la conciencia colectiva.

El engaño histórico está documentado, y se conoce desde hace tiempo. La crítica al mapa cronológico existe desde el momento en que se crea el mapa cronológico oficial, como una denuncia a la creación arbitraria de la historia que se basa en hechos que tuvieron lugar durante la Edad Media. La historiografía oficial hace de Eusebio de Cesarea y San Jerónimo (ambos del siglo cuatro) los “padres” de la cronología, junto al texto bíblico. Pero quienes construyeron la cronología fueron Joseph Justus Scaliger, con sus obras De emendiatone temporum (en 1583) -un año después de crear el calendario gregoriano- y Thesaurum temporum (en 1606), y Dionisio Pétau o Petavius con su obra De doctrina temporum (en 1627). Todos ellos fueron religiosos cristianos, como los principales historiadores de la época, a los que conviene añadir los cronistas reales. Es decir, iglesia y poder político eran quienes lideraban el imperio de la construcción de la historia, en una práctica que se mantiene hasta el siglo diecinueve, cuando se construye la enseñanza universal de la historia. Ambos muestran el mapa temporal con detalladas tablas, basadas en la tradición, sin otro fundamento que el prestigio atribuido a sus fuentes. Scaliger reconstruyó la crónica de Eusebio de Cesarea, que hasta entonces estaba incompleta, y las historias egipcia, persa, babilónica, judía, griega y romana, desde la Creación de Dios, es decir, desde Adan y Eva. Según sus cálculos, el año 1492 después de Cristo se correspondía al año 7000 desde la Creación, basándose en el calendario bizantino. De este modo, tan singular fecha coincidía con el descubrimiento de “nuevo mundo” que daría inicio a una nueva era, cristiana y romana. París fue el escenario de estas obras, pero antes, en Roma, se hace una primera versión.

La primera historia global de la humanidad aparece en la Roma italiana de finales del siglo quince, una vez cae Constantinopla en manos de los otomanos. Se enmarca en una glorificación deliberada de Roma y los monarcas afines que, entonces, tenían que convertirse en los líderes de la reocupación del mundo: los Reyes Católicos, bajo la protección del papa Borja, y, posteriormente, el emperador Carlos primero. Esta «gran historia» logrará transformar el pasado, para siempre y, desde entonces, pasa a ser el patrón por el que hay que pasar el filtro de todos los métodos de datación, incluido el del radiocarbono (o del Carbono-14).

El dominico Giovanni Nanni (1432-1502), conocido como Annio da Viterbo por haber nacido en Viterbo, una ciudad situada junto a Roma, crea un pasado etrusco legendario, asociado a la Biblia que hasta entonces ha construido la gloria de pueblo de Israel y la del mito de Jesús, a imagen de la evolución simbólica del mito del Horus egipcio. El historiador y ex-sacerdote Llogari Pujol i Boix, en su libro Érase una vez… Jesús, el egipcio: Las fuentes egipcias del Nuevo Testamento (de 2015) nos da los paralelismos, si bien mantiene el mapa cronológico oficial, a pesar del evidente anacronismo histórico que representa vincular ambos iconos espirituales. Antes, en 2013, publica el libro Jesús, 3000 años antes de Cristo: un faraón llamado Jesús , escrito junto con Claude-Brigitte Carcenac Pujo. Para más información se recomienda también el libro Cuentos egipcios para la eternidad: El náufrago y Sinuhe el egipcio , obra también de Pujol i Boix, de 2016, en la que amplía el análisis comparativo de textos egipcios con la Biblia.

Nanni, o Annio, recoge este espacio simbólico y se propone desmontar la hegemonía griega entonces dominante, afirmando que Noé, también llamado Janus, se habría instalado en Italia y habría fundado Viterbo, la capital etrusca que sería la raíz de Roma, haciendo de los etruscos los principales descendientes de Noé y de Viterbo la principal de las ciudades de Europa. Para hacerlo posible se propone reconstruir toda la historia, y se hace, con una obra que inicia en 1493 y publica en 1498, con un total de diecisiete volúmenes. El trabajo se conoce como Antiquitatum Variarum . Se hace famoso y, al publicarla, se convierte en el teólogo primero del papa Alejandro sexto, Rodrigo Borgia.

Para hacerla creíble, se crea la reconstrucción del pasado más allá de las palabras. A medida que se habría ido difundiendo esta historia, el mismo Annio inicia una prospección arqueológica en Viterbo y pone allí estatuas e inscripciones etruscas, referidas a la mitología romana y egipcia, y a la tradición bíblica, así como el mapa de la Roma fundada por Rómulo. La idea es buena. Se trata de crear pruebas. Los hallazgos, por lo tanto, lo corroboran. Incluso, destaca una inscripción de mármol en la que se encuentra el dios Osiris llegando a Italia. Para completar la empresa, Annio, con la tutela del Vaticano, asimila el hebreo al etrusco. De este modo, Viterbo, bajo la supervisión papal y con un ejército de falsificadores a su servicio inician la práctica de la falsificación arqueológica y documental.

Por otro lado, Annio construye para el Papa y para los Reyes Católicos unos árboles genealógicos, y los hace descendientes de Isis y Osiris. En esta línea, no es de extrañar que, en 1536, el papa Paulo tercero, de nombre Alessandro Farnese, el hermano de la famosa amante del papa Rodrigo Borgia, Giulia Farnese, entregue al emperador Carlos primero de Habsburgo el árbol genealógico para su hijo Felipe, haciéndolo descendente de Janus, Noé, Osiris y Hércules, por este orden, y reconstruyendo todos sus descendientes directos a lo largo de miles de años hasta el siglo dieciséis, cada uno de ellos con una breve biografía. El árbol genealógico se conoce como Genealogia illustrissime Domus Austrie que per lineam rectam masculinam ab ipso Noe humani generis reparatore usque ad Carolum Quintum Cesarem Philippi Castelle Regis filium , y se encuentra en la Biblioteca Nacional de España.

Con esta práctica, además de la falsificación arqueológica y documental, se inicia una falsificación genealógica a gran escala que tiene la finalidad de crear unos poderes imperiales directamente vinculados con los grandes dioses y los grandes profetas. La historia antigua se crea de la nada, y ocupa un pasado misterioso que desde entonces deja de serlo. La finalidad última es imponer una historia oficial que posicione a los poderes europeos y a un Dios cristiano al frente, como la evolución natural del imaginario simbólico proveniente de Egipto, incluyendo al hebreo.

Es decir, para comprender el alcance y el significado del hilo de Ariadna de la creación de la historia oficial es necesario, antes, entender que se construye a posteriori. Este episodio tiene lugar de forma intensiva a lo largo del siglo dieciséis oficial, de la mano de la Compañía de Jesús y con la colaboración, forzada y/o voluntaria, de los poderes imperiales y sacerdotales del mundo. De esta forma, de forma «sorprendente», en el siglo dieciséis oficial aparecen, por todas partes, importantes hallazgos de crónicas, consideradas inéditas, de historiadores antiguos. En el caso de España, destaca la obra del historiador vasco Esteban de Garibay, que en 1570 publica el Compendio Historial de las Chronicas y Vniversal Historia de todos los reinos de Espanna , en el que corona al nieto de Noé, Túbal, como el primer rey de España, y Hércules como el séptimo, haciéndolo hijo de Osiris Dionisio, estableciendo un total de 26 reyes prerromanos, 64 emperadores romanos señores de España, 34 reyes visigodos y 23 reyes de Asturias, Oviedo y León desde Don Pelayo, anteriores a los reyes de Castilla. Gracias a todas estas crónicas se puede reconstruir la historia entera hasta la hegemonía cristiana dentro del Imperio Romano y, gracias a ellas, Scaliger y Petavius construyen el mapa cronológico oficial.

A partir de entonces se genera la controversia histórica.

Fomenko y Nosovskiy han recopilado la historia de la denuncia al mapa temporal de la historia, documentando y ampliando el trabajo hecho por Morozov (los años 1914 y del 1924 al 1932, con su obra Cristo, Historia de la Humanidad a la Luz de las Ciencias Naturales ). Informan de las aportaciones de De Arcilla (siglo dieciséis), profesor de la Universidad de Salamanca; del físico, matemático, teólogo e historiador inglés Isaac Newton (1643-1727); del científico alemán Jean Hardouin (1646-1729); del secretario personal del zar ruso Pedro el Grande, Petr Nikiforovich Krekshin (1684-1763); del filólogo alemán Robert Baldauf (siglos diecinueve y veinte); del historiador inglés Edwin Johnson (1842-1901); del científico y enciclopedista ruso Nicolay Alexandrovich Morozov (1854-1946), que fue quien convirtió la cronología en una ciencia; así como del científico y abogado alemán Wilhelm Kammeyer (finales del siglo diecinueve a 1959); del médico psicoanalista Immanuil Velikovskiy (1895-1979); y de los alemanes Uwe Topper (1940-actualidad) y Heribert Illig (1947-actualidad). Todos ellos han puesto en duda el mapa cronológico, lo han comprimido y han denunciado su manipulación y/o falsificación, directa o indirectamente. Incluso, Isaac Newton (1733) dejó escrito, en su obra póstuma, que todo se refiere a apenas cuatro siglos de historia medieval. La aportación de Isaac Newton a la comprensión de la creación de la historia, y de los textos sagrados, se encuentra en sus dos últimas obras publicadas, los años 1725 ( The Chronology of Ancient Kingdoms Amended. To which is Prefix’d, A Short Chronicle from the First Memory of Things in Europe, to the Conquest of Persia by Alexander the Great ) y 1733 ( Observations upon the prophecies of Daniel, and the Apocalypse of St. John ), de las que ha desaparecido el material de trabajo en las que se basó.

Pero Fomenko (1945-actualidad) y Nosovskiy (1958-actualidad) han construido las bases del nuevo paradigma cronológico. Su investigación, conocida como la Nueva Cronología es el fundamento científico de la reconstrucción del mapa cronológico. Junto con otros colaboradores (Tatiana Nikolaevna Fomenko y Vladimir Vyacheslavovich Kalashnikov), han recogido el testimonio de la duda cronológica y la han desarrollado. Mediante el análisis astronómico, estadístico e histórico han desarrollado el fundamento de una reconstrucción integral del mapa cronológico oficial, que permite dotar de un nuevo significado al constructo histórico y, complementariamente, explorar la lógica de su origen. Su trabajo identifica múltiples pruebas y evidencias que indican que existen razones para dudar del rigor y la veracidad del mapa cronológico oficial hasta el siglo dieciocho, poniendo en duda el sentido y el significado de toda la historia escrita hasta entonces. Resultado de este trabajo, se concluye que la historia realmente documentada es mucho más breve, de modo que se ha dilatado artificialmente. La historia de la civilización humana tiene apenas un milenio, y los textos sagrados de las grandes religiones se refieren a hechos ocurridos entonces. El caso de la crónica judeocristiana y mahometana se refiere a hechos de los siglos doce al diecisiete.

Pese a tratarse de un tema controvertido, con la finalidad de profundizar en su estudio e invitar a la comunidad científica global a unirse a este proyecto, la Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy se presenta como una hipótesis teorizada y verificada experimentalmente con métodos científicos. Pero, como se ha indicado, sus resultados, en la medida que afirman que el eje central de la cronología oficial es el resultado de una manipulación y de numerosos errores acumulados, son puestos en duda. Cuesta aceptar por la magnitud de la tragedia que representa para los amantes de la historia y de la erudición académica. Por esta razón, la crítica evita la evidencia de los datos obtenidos, que demuestran que los sistemas de datación comunes se han estructurado alrededor de una cronología errónea y que, por tanto, la historia real es diferente a la oficial. Tal como indica Thomas Kuhn (1962), se trata de una ciencia revolucionaria que se encuentra en la fase de resistencia por parte de quienes se sienten desautorizados. Es decir, casi todo el mundo. La conciencia colectiva no está dispuesta a aceptar la renuncia a todo el espacio mental de la historia y sus símbolos.

En esta línea, la Cronología X-185 trabaja con la de Fomenko y Nosovskiy, con la vocación de comprenderla y ampliar el alcance de su reconstrucción, para empujar al nuevo paradigma cronológico hasta transformarlo en una ciencia normal, con todo lo que ello implica. Se trata de una hipótesis desarrollada desde Barcelona, que complementa el trabajo de los matemáticos rusos, con quienes el autor colabora amistosa y voluntariamente desde el año 2015. Su principal aportación ha sido constatar que las obras de Annio, Scaliger y Petavius se deben reubicar 185 años más adelante de sus fechas oficiales, de modo que la historia oficial se construye a partir del siglo dieciséis real, y su narración se modula sucesivamente a medida que se reconstruye a lo largo de los siglos diecisiete y dieciocho, pero no es hasta el siglo dieciocho que adopta el mapa cronológico que nos ha llegado en el siglo veintiuno. En este proceso, se ha creado un sobredimensionado pasado hasta llegar al extremo de llenar siglos de historia con hechos que nunca ocurrieron.

Todo ha sido un sueño, y ya va siendo hora de despertar.

(*) Andreu Marfull Pujadas, Profesor en Planificación y Geografía Urbana a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, México.