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Donald Trump, ante el impeachment

El segundo se relaciona con que Trump habría utilizado su poder para silenciar testigos e instado a sus funcionarios a no colaborar en la investigación llevada a cabo por el comité investigador del Congreso. Los dos cargos son lo suficientemente graves como para exigir que el proceso se lleve con la neutralidad y eficacia necesarias para encontrar la verdad

Por tercera vez en la historia de Estados Unidos un presidente enfrenta la posibilidad de ser destituido: Andrew Johnson, en 1868; Bill Clinton, en 1998, y, ahora, Donald Trump . La Constitución de Estados Unidos establece que un presidente podrá ser separado del cargo “por traición, soborno u otros crímenes o delitos graves”. La mayoría demócrata de la Cámara de Representantes consideró que el presidente cometió dos delitos graves: abuso de poder y obstrucción al trabajo del Congreso.

El primero de los cargos está relacionado con pretender sacar beneficio personal de su posición dominante al presionar indebidamente a su par ucraniano, Vladimir Zelenski, amenazándolo con congelar ayuda militar, para que investigara a Joe Biden y a uno de sus hijos. Cabe recordar que Biden es uno de los más firmes aspirantes para ser el rival demócrata en las elecciones de noviembre del corriente año.

El segundo se relaciona con que Trump habría utilizado su poder para silenciar testigos e instado a sus funcionarios a no colaborar en la investigación llevada a cabo por el comité investigador del Congreso. Los dos cargos son lo suficientemente graves como para exigir que el proceso se lleve con la neutralidad y eficacia necesarias para encontrar la verdad.

Sin embargo, lo que es una institución necesaria en un sistema de control y contrapesos de los poderes del Estado se puede transformar en un elemento de campaña política para unos y otros, sin que finalmente se aborde el fondo de las acusaciones.

El juicio político contra Trump, cuyo proceso formal comenzó esta semana, siempre estará sujeto a los vaivenes y conveniencias políticas y electorales de los bloques con representación en el Senado, y en esta oportunidad no será la excepción. No habrá entonces un pronunciamiento en derecho, sino un acto político.

La polarización creciente de la política bipartidista estadounidense y la configuración de las mayorías en las cámaras legislativas garantizaron la acusación formal de la Cámara de Representantes, así como llevarán a la casi segura absolución del Senado, que cuenta con mayoría republicana.

Los republicanos tienen 53 de los 100 escaños y sería necesario que al menos 20 senadores de esa filiación acogieran favorablemente los fundamentos de la acusación, si los demócratas la apoyaran unánimemente, para alcanzar los dos tercios necesarios para la destitución.

Aunque el desenlace es por ahora previsible, lo que no parece medirse aún es el efecto que tendrá en la opinión pública de los Estados Unidos y en el futuro de su gobierno. La única certeza pareciera ser que del impeachment lo único que verdaderamente importa es el impacto que vaya a tener en esos comicios.

Si la mayoría de los ciudadanos norteamericanos percibe durante el juicio que Trump está mintiendo, lo castigarán en las urnas; de lo contrario, serán los demócratas los que enfrentarán la derrota electoral.

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