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Cosos

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Esta semana, el coso esteño decidió colocarse una corona de anatómico sobre una parte del cuerpo que bien podría esconder sus partes púdicas dadas a flatulencias y desechos reiterados. El coso se siente satisfecho en la medida que más llama la atención y más se comenta sobre sus excentricidades estimulado por la recompensa que este tipo de acciones tiene entre sus pares legisladores como la reelección del defensor del pueblo. Otro coso dado a mostrar su desnudez física y moral

Embed Son lo que no recordamos o no queremos nombrar. “Pasame el coso”, “el coso ese” “donde pusiste el coso”, son algunas formas de uso de lo que podría denominar el póra idiomático aplicado a todo aquello que no queremos darle forma ni estatus de nada.

Esta semana, el coso esteño decidió colocarse una corona de anatómico sobre una parte del cuerpo que bien podría esconder sus partes púdicas dadas a flatulencias y desechos reiterados. El coso se siente satisfecho en la medida que más llama la atención y más se comenta sobre sus excentricidades estimulado por la recompensa que este tipo de acciones tiene entre sus pares legisladores como la reelección del defensor del pueblo. Otro coso dado a mostrar su desnudez física y moral.

Los cosos locales son capaces de todo. Hay uno que dice que estudió medicina y se especializó en neurocirugía que quiso probar si era posible violar de nuevo la constitución como ya lo habían hecho en el 2017 cuando por poco desatan una guerra civil. Esa vez les importó muy poco aquello de “no podrán ser reelectos en ningún caso” y atropellaron todo. Finalmente y como consecuencia quemaron parte del congreso, asesinaron a un joven en un local partidario y buscaron que monseñor Edmundo Valenzuela los cobijara ante el malón que se les venía. Los cosos son constantes y tozudos. Viven estimulados por su audacia ignara que les permite atropellar lo que se le ponga enfrente. Son desvergonzados, impúdicos, atrevidos e insolentes. Quisieron silenciar a una cosa legislativa dada a los dislates y provocaciones para en el camino procurar hacer olvidar los robos del coso cachaquero abandonado a su suerte incluso por los suyos. Se asustaron sus colegas cosos ante la posibilidad que fueran víctimas de esa misma normativa y la reculada dejó solo y abandonado al coso chaqueño.

No tienen ninguna conciencia del daño que esto genera a esta débil y maltrecha democracia. Ellos solo creen que con eso ganan figuración y viven estimulados con la idea de que es bueno que se hable mal o bien de uno.

Hay un coso de Itapúa bañado en barro del mar muerto que con cierta frecuencia hace uso de este recurso buscando afanosamente que alguien le responda para hacerlo sentir vivo y flotando en las aguas bíblicas de la política criolla. Hay otro coso que quiere ser embajador ante la OEA y desea un fast track a su nombramiento cuando sabe muy bien que debe pasar antes por las calendas griegas y puede tener sorpresas agónicas. Este es el coso infatuado que quiere que los demás le digan que aun sigue vivo aunque esté sepultado en escándalos y malquerencias. La trompada a otro coso legislador es historia y su paso por todos los movimientos es su estilo. Ese coso quiere descanso en Washington.

Los innombrables son cada vez mas en número. Los que cargan nombres y apellidos con honras, capacidades y honestidades son la excepción. Deben cargar sobre sus espaldas el pertenecer a la “cámara de la vergüenza”, y son metidos en la misma bolsa que los cosos. Estos son el cáncer de la democracia. Atacan a su célula y se propagan al punto de desacreditarla de tal manera que todos griten el retorno de la dictadura como consecuencia. Cuando eso acontezca, los cosos serán quizás un poco más recatados, obedientes y disciplinados porque el único autorizado a protagonizar los escándalos será el coso autoritario y castigador del sistema que vendrá para quedarse un buen tiempo como el teniente coronel venezolano.

No estamos lejos. Los cosos son cada vez más en número y en representaciones alcanzado el grado de protagonistas recurrentes de un circo pobre con payasos caros.